jueves, 30 de junio de 2016

Curco Vein no se mató (Prefirió esperar el tren)

Dejo en esta entrada una muestra aleatoria de mi tercer libro Curco Vein no se mató (Prefirió esperar el tren), una novela corta donde pasan cosas como éstas, en el capítulo nueve:
9
 El doctor Ciye Irramone salía de su consultorio ubicado en el segundo piso de la estación, al lado del local de comidas macrobióticas para canarios, y lo hacía de un modo muy curioso: al mismo tiempo que cerraba con llave la puerta de entrada a su local, guardaba en un bolso de cuero marrón una serie de papeles. Lo curioso es que su vista estaba posada en el bolso, sus pensamientos estaban ya en su hogar, su mano derecha cerraba la puerta con llave y la izquierda depositaba papeles.
Caminó unos pasos una vez cerrada la puerta del consultorio, con su vista aun posada en el bolso colocó las llaves en uno de los bolsillos de sus pantalones y terminó de cerrar el bolso marrón. Cuando miró hacia adelante, se encontró con una mujer de unos treinta años que venía caminando a unos cuantos metros de distancia, con la mirada posada en él. El doctor volvió a bajar la mirada para tomar uno de los tirantes del bolso y colgárselo; cuando volvió a mirar hacia delante, la mujer ya se encontraba lo suficientemente cerca como para dirigirle la palabra. Parecía tener intención de hacerlo.
-Doctor Irramone, ¿verdad?-dijo la mujer, extendiendo su mano derecha, para estrecharla con la mano derecha del doctor Irramone.
-El mismo-respondió él, extendiendo su mano.
-Mucho gusto.
-Encantado. ¿En qué puedo ayudarla?-dijo el doctor, intrigado.
 La mujer, que antes lo miraba a los ojos, ahora posaba su vista en el bolso.
-¿En qué puedo ayudarla?-repitió el doctor.
-Por casualidad, ¿ese no será un bolso de cuero, no?-preguntó la mujer, sin prestar atención a la pregunta que el doctor le había realizado.
-Bueno, no sé, creo que sí.
-Usted colabora con el asesinato de animales-dijo la mujer-¡Colabora con el asesinato de animales! ¡Asesinato de animales! ¡Asesino de animales!-gritaba la mujer, desaforada.
 El doctor Irramone miraba incrédulo. En ese momento parecía imposible que algo apartara la atención del doctor Irramone de la mujer que gritaba, cada vez más fuerte. Sin embargo, cuando los vidrios del local de instrumentos de música tradicional húngara estallaron en pedazos y un grupo de ocho hombres armados y encapuchados aparecieron, la atención del doctor sí que se vio apartada de la mujer gritona.
 Los hombres, en cuestión de unos pocos segundos, se encontraban formando un círculo alrededor del doctor, apuntándolo con sus ametralladoras y escopetas de caño recortado. La mujer había quedado por fuera del círculo.
-Así que vos colaborás con el asesinato de animales-dijo uno de los encapuchados, que tomó la palabra primero.
-Vamos a matarlo-exclamaron otros dos, entusiasmados.
-¡Yo no sabía nada de esto que están diciendo!-se defendía el doctor.
-Eso dicen todos- respondía un cuarto encapuchado.
-¡No! ¡Por favor, se los ruego! ¡No me maten!-gritaba el médico.
 Ante un gesto con la mano del encapuchado que había tomado la palabra en primer lugar, un camarógrafo entró por donde habían entrado los ocho encapuchados en primera instancia.
-¡Esto es una cámara oculta para Locos del humor!-exclamaba el camarógrafo.
 Todos reían, con excepción del doctor, que suspiraba aliviado.
 Luego de un momento de relajación de tensiones, siete de los encapuchados se quitaron las capuchas, y por lo tanto perdieron la condición de tales, y arrojaron las armas de utilería al suelo. Uno de los encapuchados no tiró su escopeta recortada de utilería al piso, principalmente porque si lo hubiese querido hacer, no hubiese podido, porque su escopeta no era de utilería sino real. Tampoco se quitó el pasamontañas.
-Te voy a matar. Dejaste embarazada a mi hermana, hijo de puta-dijo el encapuchado, apuntando a uno de los ex encapuchados.
-¿Qué decís?-preguntó, aterrado, el ex encapuchado acusado de haber manchado el honor de la hermana del aun encapuchado.
-Dije que te voy a matar porque dejaste embarazada a mi hermana-repitió el encapuchado.
-Y además dijo que eras un hijo de puta-acotó la mujer.
-Vos también, alcahueta, ponete al lado de este-dijo el encapuchado, con un rápido gesto con la escopeta.
 Luego, el encapuchado, apuntando al ex encapuchado y a la mujer, les ordenó que se arrodillaran. Lo hicieron. Y también lo hicieron todos los demás, no está claro si por solidaridad o por falta de claridad comunicativa por parte del agresor.
 A pesar de los llantos y los ruegos, el encapuchado jaló el gatillo, pero en lugar de una bala, salió una banderita azul que decía “¡Bang!”.
 Desde dentro del local de espejos ahumados se escuchaban las carcajadas de un camarógrafo que les decía a los presentes, menos al encapuchado que como cómplice ya lo sabía, que se trataba de una cámara oculta para Los mosqueteros del chascarrillo. El encapuchado se quitó el pasamontañas y arrojó su arma al suelo.
 El ex encapuchado y víctima de la cámara oculta suspiró aliviado; la mujer, en cambio, comenzó a revolcarse en el piso sufriendo convulsiones. Espuma blanca salía de su boca.
-¡Oh, Margot!-exclamaba uno de los ex encapuchados.
-Yo pensé que se llamaba Irma-dijo otro.
-Eso no importa. ¡Se nos muere!-gritaba un tercero.
 Justo cuando el doctor Irramone se disponía a darle asistencia médica a la mujer, dos hombres aparecieron desde el techo y, merced a un complejo sistema de poleas, se balanceaban de un lado a otro del pasillo. Uno de ellos era camarógrafo y cargaba consigo una cámara; el otro, un micrófono negro. El del micrófono, sonriente, comentaba:
-¡Esto es una cámara oculta para Los cazacarcajadas de la buena onda!
La mujer, al escuchar esto, se puso de pie, explicó que era cómplice de la cámara oculta y se quitó la espuma falsa de la boca.
Luego, mirando al doctor, y a la cámara, de forma alternada, dijo que había quedado claro que era un buen profesional y que en el programa se haría mención a la prontitud con la cual se dispuso a darle socorro.
 Por detrás de ellos, mientras aún se oían carcajadas, aparecieron un oficial de la policía y una niña con su uniforme de la escuela rasgado, a tal punto que podría decirse que estaba semi desnuda.
-Es ese. Ese es el que me violó-dijo la niña, señalando al camarógrafo que pendía de la polea.
 Hubo absoluto silencio. La carcajada del camarógrafo se transformó en asombro.
-Yo no violé a nadie-dijo con voz temblorosa el camarógrafo.
-Eso lo determinará la justicia-propuso el oficial de policía, mientras desenfundaba su revólver y se hacía lugar entre los presentes para acercarse al camarógrafo.
-Vení, nena. Acercate y asegurate que sea él-dijo el policía.
 La niña, agarrada firmemente del brazo en el que el policía no llevaba la pistola, se acercó al camarógrafo que en ese momento ya se encontraba parado con la espalda contra el local de vidrios ahumados, tembloroso.
-Sí, es él-sentenció la niña, escondiéndose luego de decir eso detrás del oficial de policía. Éste, de inmediato, miró al camarógrafo a los ojos, con desprecio. Luego, posó su mirada en el suelo, pensativo. De pronto, en un arranque de furia se quitó la parte de arriba de su uniforme policial y lo lanzó al piso.
-Hay veces que la justicia se debe hacer por mano propia-dijo el policía.
 El camarógrafo pedía clemencia, e insistía en su inocencia.
-¡Yo jamás violaría a una niña!-decía el camarógrafo.
-¿Y a una más grandecita? Mirá que las pendejas de hoy en día vienen polenta polenta-comentaba uno de los ex encapuchados.
-¡No! ¡Yo no violé a nadie!-insistía el camarógrafo.
-Eso es justo lo que diría un violador-comentó el policía, y acercó su revólver a la cabeza del acusado.
-Tranquilo, mi amigo-decía uno de los ex encapuchados que sostenía un celular en su mano, y estaba filmando lo que sucedía-esto no es otra cosa que ¡Una cámara oculta para Los archiduques del humor irreverente!
 El camarógrafo acusado casi pierde diez kilos luego del suspiro de alivio.
 Las carcajadas del policía, la niña, y el camarógrafo, coparon el lugar.
-Lamento informarle, señor oficial-decía otro ex encapuchado desde atrás, que sostenía otro celular con el que estaba filmando el accionar del garante del orden institucional-que usted ha caído en una cámara oculta para el programa Los justicieros de la tv, donde queda más que claro que usted ha incurrido en un severo caso de abuso de autoridad. Usted entrará en nuestro bloque dedicado al maltrato policial.
 El oficial de policía quedó pálido.
 El ex encapuchado, al notar la preocupación del oficial, agregó:
-Pero no se preocupe, esto se puede arreglar sin problemas si llegamos a una cifra que nos convenga a los dos.
-Ah, ah, ah, ah, ah-intervino otro de los ex encapuchados desde más atrás, que sostenía también un teléfono celular con el que había estado grabando lo que venía aconteciendo en el lugar-; ustedes han caído en una cámara oculta para Los guardianes de la ética. Esto es un claro caso de soborno.
 En ese momento las alarmas de seguridad de la estación comenzaron a sonar; seguramente alguien desde dentro de los locales aledaños al ver tanta actividad sospechosa en el pasillo llamó a seguridad.
 En cuestión de segundos hizo ingreso la policía montada y comenzó una brutal represión; los presentes se largaron a correr, pero corrieron diferentes suertes. Los policías montados, mediante garrotazos, gases lacrimógenos y palabras tranquilizadoras, disiparon a los involucrados en el acto sospechoso del que se les dio noticia. Algunos de los presentes lograron huir, otros fueron molidos a garrotazos, otros fueron aplastados por caballos; y otros no.
 En este caso no se trataba de una cámara oculta.



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