martes, 28 de abril de 2015

Germán


Germán  tuvo una infancia difícil. Germán tuvo una vida difícil. O recordaba desde niño que tendría una vida difícil. Es un poco complicado de explicar.

Germán tiene una condición que afecta su percepción del tiempo. Tiene trastocada lo que se llama la “flecha psicológica” en la Teoría de la Relatividad Especial. Es una condición que afecta la percepción  del sentido en el que “corre” el tiempo. Dicho de otro modo: Germán es capaz de recordar el futuro, pero no el pasado. Es capaz de recordar cosas que aun no han sucedido y no es capaz de recordar las cosas que ya han pasado. A modo de ejemplo: una persona cruza una calle y es atropellada por un auto. Una persona llama a una ambulancia. Mientras todos podemos recordar que la persona fue atropellada, Germán no; Germán recuerda que vendrá una ambulancia a tratar de reanimar al atropellado. Pero cuando la ambulancia llega y los médicos consiguen reanimar al accidentado, Germán habrá perdido todo recuerdo de la ambulancia, o del accidente y recordará otras cosas que para los demás sucederán a continuación. Y este tipo de situaciones se dan también con recuerdos a largo plazo. Recuerdos de cosas del futuro lejano.

A partir de los seis años Germán empezó a recordar cosas que le pasarían en su vida. Hasta que le iban pasando, y se le olvidaban.  Recordó a temprana edad lo que iba a ser la muerte de sus abuelos, cuán feliz iba a ser durante un tiempo con María Paula incluso antes que ella naciera;  también recordó lo triste que se sentiría cuando ella lo dejara, sin muchas explicaciones, terminando su noviazgo de golpe. 

Germán fue siempre un hombre triste. A pocas personas les comentaba estas cosas, porque aquellos a los que les comentó siempre le objetaron que su tristeza  era producto de ver el vaso siempre “medio vacío”. No entendían que Germán no podía estar feliz siendo esta su circunstancia: toda tristeza venidera tenía desde su niñez un sabor a nostalgia anticipada y a tristeza profunda, mientras que toda alegría futura no lograba ser más que un recuerdo de cuando sería feliz, y sabemos que todo recuerdo de felicidad que ya no se tiene (o en el caso de él, que ya no se tendrá) no provoca, a la larga, otra cosa que tristeza.

Otras objeciones más banales y menos dolorosas eran las tendientes a animarlo a sacar provecho económico de su condición. Si él era capaz de recordar los números que saldrían en el cinco de oro, podría hacerse millonario fácilmente. Esas personas no entendían que Germán no recordaba todo lo que iba a suceder. Lo mismo ocurría con la idea de aprovechar para “predecir” el futuro. No entendían, por más que ya de adolescente Germán lo lograba explicar muy bien, que esos recuerdos del futuro no eran visiones ni predicciones, sino recuerdos, con todas las características de los recuerdos. Recordaba imágenes inciertas, cambiantes;  a veces se veía en el funeral de su abuela vestido con una remera negra hablando con la tía Marta, otras veces cuando recordaba, la tía le decía que él debió estar de negro por respeto a su abuela y no de azul; cuanto más alejado el recuerdo en el tiempo (en nuestro tiempo) menos certero era.

Germán odiaba la fatalidad y la idea de que todo estuviera escrito, así que estas conversaciones le resultaban muy molestas. Y trataba de evitarlas. Pero no podía evitar pensar en ellas, porque recordaba que las iba a tener. Recién cuando las tenía, se las olvidaba. Y eso extrañamente le daba al mismo tiempo alivio y tristeza. Olvidar la sensación que iba a sentir la primera vez que María Paula le rozara la mano le producía un dolor en el pecho que no pudo, ni tampoco puedo yo, describir con palabras; olvidar el dolor de la muerte de sus padres, en cambio, sin que él lo pudiera saber cabalmente, me atrevo a decir que lo alivió.

Germán no podía relacionarse bien con la gente porque le hacían referencias a cosas que vivieron juntos y que si bien él las recordaba antes que sucedieran, ya las había olvidado cuando efectivamente ocurrían. Y el olvido se mantenía de allí en adelante.
No es novedad, y ciertamente no lo fue para él, que se volviera loco. Su único consuelo fue recordar que me escribiría aquella carta pidiéndome que utilizara su historia como cuento, que lo utilizara con un nombre ficticio en un cuento fantasioso para proteger la verdad que había detrás de la historia. Yo, que soy un afortunado que recuerdo para atrás, siento algo en el pecho cuando pienso en la carta. Siento algo en el pecho cuando me acuerdo que confió en mí para que escribiera esto.

Este cuento no debería existir. Esto debería ser una transcripción de su carta. Una descripción de cuando recordó que se tiraría desde la azotea del edificio y se mataría.

Confío en que mis disculpas no las habrá podido recordar una vez muerto, pero de no ser así, ni bien las escriba, las habrá olvidado.


Perdón Germán por este relato. No pude estar a la altura de las circunstancias.


sábado, 4 de abril de 2015

Manía


Habíamos comido y estábamos de charla. La conversación recorrió rápidamente varios temas; series primero: que Breaking Bad, que Lost, que Dexter que The Walking Dead. Después se habló de lo poco que se entiende a Kant porque es demasiado alemán, de Descartes y lo fácil que es porque escribió como un diario íntimo diciendo “ay ay ay qué miseria no puedo confiar en mis sentidos”,  y de un docente del IPA.
"Se habló" no es estrictamente cierto: habló Mariana. Era la primera vez que la veía. Y me pasó como me ha pasado otras pocas veces: antes de que se soltara a hablar, parecía otra persona. Una persona menos agradable y menos interesante. Y más enemistada con las palabras. Resultó que la Mariana que hablaba era interesante. Ese fue un buen descubrimiento.
Valentina me había invitado a comer a su casa. Había sido divertido y seguía siéndolo, pero Valentina se quería ir y yo no me daba cuenta. Debí darme cuenta en su momento, porque dijo "bueno, me tengo que bañar" y me dejó conversando con Mariana, su compañera de casa. Ahí yo ya participaba más. Porque se habló de homofóbicos con ideas extrañamente arbitrarias y de defensores de la diversidad con ideas extrañamente arbitrarias. Todo anecdótico. Todo absurdo. Mi terreno, digamos. Era una charla divertida. De reírse y de reafirmar que lo que pensábamos era compartido mutuamente. No del todo productivo, pero satisfactorio.
Seguía la charla y empecé a sentir un dolor en el cuello, del lado izquierdo. Ya venía además de días con dolor en el brazo, que yo asumí era tendinitis. Los dedos me dolían. Escuchaba carcajadas de Valentina desde el baño. A veces tengo intervenciones graciosas a pesar de estar sintiendo y pensando otras cosas para adentro. Yo no dejé de conversar, y Mariana mucho menos. Me empezaron a molestar los dedos de la mano izquierda. Los dedos estaban como más pesados, como más gordos. Más rojos también.
Mariana es docente y contó que un padre de un alumno suyo una vez le recriminó que, básicamente, al hablar de orientaciones sexuales en Grecia, estaba haciendo que su hijo fuera puto. Sentí que la mano se me empezaba a dormir. Salió Valentina y se sentó. Al ratito  me dijo que se tenía que ir y  salimos a paso lento hacia la parada. Que está gris, que tengo que hacer esto, porque después voy a hacer esto otro y mi brazo estaba raro. Mi mano ya me parecía de veras más pesada. La mano izquierda estaba rara. Vino mi ómnibus, nos despedimos y me subí. Unas cuadras más adelante me empecé a preocupar. Los dedos de la mano, y la mano misma, estaban hinchados. Es decir: estaban más grandes que lo normal. Y más grande que la mano derecha. Gol de River, decía Kesman. Hinchas de Peñarol en el fondo del ómnibus, que habían oído el relato de gol, se burlaban de Nacional. Me miré el brazo y con alarma vi que estaba hinchado. Me miraba las manos, comparándolas, y hacía lo mismo con los brazos. Dejé de hacerlo en un momento por miedo a que creyeran quién sabe qué los demás pasajeros, pero mi preocupación era tanta que dejé de lado eso y seguí comparando: definitivamente la mano izquierda estaba más hinchada. Faltaban diez minutos de viaje. Sentía que me latía el oído izquierdo. Pensé que podía ser todo eso una reacción alérgica a unas gotas que me puse para el oído la noche anterior. Decidí ir a emergencias ni bien llegara a casa. Cada vez me preocupaba más: me costaba mover los dedos de la mano y me empecé a sentir un poco mareado. Tuve miedo. Cuando me bajé me di cuenta que además el costado me dolía. Es decir: me dolía el estómago, del lado izquierdo. Me toqué sin levantarme la remera y me di cuenta que tenía también inflamado de ese lado. Me faltaba revisar si también tenía inflamada la pierna. Pensé en el riñón. De chico tuve problemas con el riñón y creía que era de ese lado. Seguro la pierna también estaba inflamada. Sentí la pierna izquierda más pesada. Cada vez me pesaba más la mano y el brazo. Me sentí con más miedo y sentía que no caminaba lo suficientemente rápido. El oído me zumbaba. Me tenía que tranquilizar. Estaba a unas pocas cuadras. Pensé en qué iba a hacer. Que agarrar plata, que ver cómo llegar, que me tomo un taxi y voy a emergencias. No hay que dejar pasar tiempo en estas cosas porque después lo lamentás. Llegué, me miré en el espejo y vi mi pierna izquierda inflamada, igual que mi panza y la parte izquierda de mi torax. Salí. A la cuadra y media estaba en un taxi. Iba lento, lento para mi necesidad. No hablamos. Pensé que seguro me terminaban operando. El lunes no llego a trabajar. El estimativo de ventas para el año fiscal 2015/2016 lo dejé abajo de mi agenda, en el escritorio, así que lo van a poder encontrar y no van a necesitarme en la reunión del martes. Me van a operar. Bueno, mejor, así ya salgo de esta.
Llegué a emergencias. La señora me pregunta que porqué vengo y cuando respondo me da un papelito con el número 104 escrito a mano. Saco la orden y voy a un lugar lleno de fracturados y gente ansiosa. Una hora después, más o menos, paso a una sala. Viene el médico. Le digo lo que siento y me pide que le muestre la mano. Me aprieta y me dice que no, que no tengo inflamada la mano. Me dice que los brazos están normales. Me mira la pierna y me dice lo mismo. Yo le digo que la veo inflamada, que está más gorda de lo normal. Mira de nuevo. Me presiona de nuevo y me explica que cuando está inflamado es como si tuviera agua adentro y que no, que no tengo inflamado. Me dice si no habré dormido arriba de la mano y por eso está dormida, como con cosquilleos. Yo le digo que no, y que tampoco tengo cosquilleos exactamente: es que la siento más pesada. Me mira raro, como si tuviera lentes y me mirara por encima de ellos. Le hablo de mi riñón. Me dice que se va a fijar en la historia médica. Viene un enfermero. Me revisa la mano y el brazo, y nada. No tengo inflamado. Empiezo a dudar. Media hora después viene otro médico y me dice lo mismo. Agrega que me van a sacar sangre para analizar si tengo algo en el riñón o si soy diabético o si nomás estoy loco. Eso último no lo dijo. Al menos no con palabras. Me deja solo. Había más pacientes. Sigo sintiéndome igual, pero ahora dudo. Me miro las manos. Las comparo. Miro en detalle. Pasan enfermeras y me miran. El primero de los doctores vuelve y me pregunta si consumí algún alucinógeno. Le digo que no. Me pregunta por "alguna otra sustancia". Entiendo que se refiere a drogas y no a dos panchitos de soja y papas fritas, así que le digo que no. Que no tomé alcohol tampoco. Se va. Viene el otro médico, el que me dijo que me iban a sacar sangre. Me dice que me van a sacar sangre y me pregunta si todo va bien, si no estoy nervioso por alguna razón, si todo marcha bien en casa o en el trabajo, si hay algo que me perturbe. Creo que me está diciendo que estoy alucinando y que mi brazo no está hinchado. Me dice que ya vienen a sacarme sangre y que me van a dar un tranquilizante. Veo que mi brazo no está tan hinchado. Dudo. No sé. Capaz. Viene el enfermero y me pincha. Me saca sangre y se va. Al rato vuelve con una pastilla azul y me dice que la ponga debajo de la lengua. Al rato, ya me viene sueño. Pasó una hora. Había muchos pacientes en emergencia entonces los doctores iban y venían con planillitas. Vi al doctor que me mandó el análisis y el tranquilizante. Agarró una planillita. Me miró de lejos. Cuando cruzamos miradas bajó la vista a la planilla y luego se fue. Estarían mis resultados, supongo. Me dio miedo. Apareció de nuevo. Se sentó a mi lado. Me preguntó si estaba mejor. Me dijo que los análisis dicen que no tengo nada físico. Que debe ser que estoy nervioso. Que debe ser que me sugestioné. Que a veces pasan esas cosas. Mucho tranquilizante pero igual seguía nervioso. No se lo dije. Supongo que lo notó. Me dijo que fuera a consulta por el tema de que se me durmió la mano, pero que me quedara tranquilo porque no tenía ningún problema. No quise ni decirle que no se me durmió la mano, que no era eso. Me preguntó si me iba manejando. Le dije que no. Sería por lo del tranquilizante que preguntó. Me dijo que ah, que mejor, por el tranquilizante. Y me dijo que estaba todo bien, que no tenía ningún problema. -Nada más- pensé- que ver mi mano y mi brazo de otro tamaño, y sentir dolor y la mano más pesada cuando los demás ven que eso no es así. Claro. Ahora entiendo eso que decía Mariana de Descartes. Si empiezo a ir a emergencia más seguido a lo mejor también termino entendiendo a Kant.